Marie Susie paseaba por la calle que llevaba a su cafetería cargada con dos bolsas de papel reciclado y pese al esfuerzo que sabía que le suponía este arduo paseo, nuestra gatita añil tan especial calzaba dos relucientes tacones de color violeta y una gabardina de color crema que aunque no la resguardaba demasiado del frio era su preferida y hoy más que nunca le pedía que la llevase puesta ¡Ni que las gabardinas de color crema hablasen! Pero Marie es así, parece que sabe escuchar a los objetos. Una nube gris hacía dibujos en el cielo, por el cual se colaban rayitos de sol y se adivinaba en ocasiones un arcoíris.
Algo la distrajo de su caza del arcoíris. Intentando trepar una valla mohosa que hacía preciosos motivos florales había un joven siamés custodiado por la que debía ser su amada, una gatita blanca que animaba con dulces maullidos su escalada. Tras varios intentos, el impetuoso joven alcanzó una rosa azul intenso y bajo rápidamente para ofrecérsela a su amor, quien le obsequió con un dulce beso en los morritos y una sonrisa tímida. Una de las bolsas resbaló de las patitas de Marie, los jóvenes se giraron y vieron a una señora persa añil con un aspecto extraño y un sombrero anticuado mirándolos perpleja. Esta sacudió la cabecita cuando se dio cuenta de que había sido descubierta, recogió rápido sus cosas y salió corriendo tan rápido como le permitían sus divinos y deslumbrantes zapatitos.
Aun tiene memoria de su primer amor, un recuerdo agridulce que algunas noches en las que su habitación huele a rosas la hace sollozar cuando está hecha una bolita de pelo en su mullida cama.
Su madre desapareció un buen día siendo ella aun muy pequeña y por necesidad, nuestra elegante protagonista tuvo que dejar sus estudios en la escuela pública y empezar a trabajar. Vivía en una mansión vieja que había a las afueras de la ciudad, estaba abandonada desde hacía al menos un siglo y aunque polvorienta y con los muebles destrozados, no tenía goteras y el malvado viento no se colaba por las rendijas. Compartía vivienda con un gatito coloreado a manchas muy simpático que fue quien le ofreció la habitación y que había sido repudiado del Valle de los persas añiles hacía ya diez años. Cuando contaba su larga historia a Marie ella se limitaba a sonreír con la mirada algo aguada tras sus largas pestañas, siempre se preguntaba que había sido de su desdichado pueblo.
Pero no todo son penurias en la vida de nuestra pequeña Marianette, aquella ruinosa mansión tenía un jardín trasero que por misterios que aun muchos no han conseguido resolver (ya sabéis, obra de Marie) se mantenía en perfecto estado pese a que nadie se ocupaba de él. Mantenía una dignidad inigualable y nada más poner una patita en él un penetrante olor a varias hierbas aromáticas te llenaba el hocico con su aroma. Pero la gloria del jardín eran unas rosas azules de las que si se encargaba ella personalmente y que le recordaban mucho a las que su doncella ponía todas las mañanas en el jarrón de cristal de su mesilla.
Cada mañana, muy temprano, casi recién amanecido y antes de partir a la panadería (su tedioso trabajo de mañana) dedicaba unos minutos en regalarlas e inspeccionar sus delicadas hojas. Nuestro buen amigo Manchitas, con los meses y viendo que este era el refugio personal de la gatita le construyó con restos de madera un pequeño banco para que le fuese mas cómoda su delicada tarea.
Una tarde que milagrosamente tenía libre, salió de la biblioteca cargada de libros sobre plantas y la última moda del glamuroso reino vecino, cuando despistada, chocó contra un elegante gatito siamés quien se disculpó de inmediato y la ayudó a ponerse en pie con galante cortesía. Vestía traje granate de fino lino y un bombín ¡Cuan encantador le pareció nuestra Duquesa! Se olvidó de la raza a la que pertenecía, los malvados y rencorosos siameses. Hacía mucho de eso y el, tan apuesto, parecía sacado de uno de esos cuentos que le contaban de pequeñita antes de dormir y en los que ya no creía pero aun rememoraba con nostalgia. Nuestro Don Juan llamado Gondi, que no era ciego (aunque si un poco miope), se dio cuenta de la exótica preciosidad con la que había chocado. Ella se sonrojó, el balbuceó y se fueron juntos a una pequeña cafetería a tomar un té negro y unos merengues de fresa.
Desde ese momento ambos gatitos coincidían con torpes excusas a la misma hora en la majestuosa puerta de la biblioteca. El era charlatán y coqueto; ella paciente, lo escuchaba hablar con gusto y correspondía a sus flirteos. Una tarde anocheció, los echaron del café que frecuentaban y antes de que ambos se marchasen cada uno por su camino el meloso gatito dejó en las cuidadas patitas de ella un anillo de madera con la forma de una rosa primorosamente tallada. El tartamudeó que se lo había encontrado por la calle pero ella no lo creyó y aceptó el regalo con lagrimas en sus enigmáticos ojos.
Como tenía unas zarpas algo regorditas no pudo ponerse aquel anillo, pero lo pasó a través de una fina cadena de plata que le había dejado su madre antes de marchar a “el Gran Gato sabe dónde”.
Pero como si la balanza de felicidad hubiese rebosado… aquella semana el gatito no apareció y Marie Susie se quedó hasta medianoche esperando en la biblioteca con un traje celeste con lunares blancos y unas botitas de cuero nuevas que le había costado meses conseguir.
Ella, positiva, no quiso creer que la había abandonado. Podía haber caído enfermo ¡O podía estar muy ocupado! No importaba y aunque las semanas pasaban y él seguía sin aparecer la esperanza la anclaba cada tarde hasta medianoche en aquel lugar.
El día menos pensado, uno en el que se sentía especialmente positiva y pensaba que sería cuestión de tiempo que fuese a buscarla, tras la inquietante espera fue a mimar sus rosas, que la conseguían calmar casi tanto como su joya de madera.
¡Y cuál fue su sorpresa!
Su cortés principito sentado primorosamente en su banco ronroneaba a otra gatita que no era ella. En un instante el mundo que con cuidado y dedicación había construido le pareció una jaula, el rincón más espantoso de todos los reinos donde el olor a rosas la asfixiaba. Su especial refugio se había convertido en un lugar gris y sin encanto aunque las rosas siguiesen siendo de ese azul que tanto le gustaba.
Pero… ¿Qué iba a decirles? ¿Como aliviar su rabia? Ella era una dama y sabía muy bien que aquel lugar no era suyo, no podía echar a nadie. Por unos meses jugaba a ser su dueña pero el juego había dado fin. Silenciosa, se marchó al cajón de paja que tenía por cama y aquella noche apenas concilió el sueño conteniendo el llanto a duras penas para no despertar a Manchitas.
La mañana siguiente partió muy temprano, cargada con dos viejas maletas de equipaje y con un anillo en el bolsillo de su vestidito rosa.
Continuará…
Me ha sido imposible evitar trazar algunos paralelismos y eso me ha dejado con un sabor melancólico.
ResponderEliminarEspero leer la continuación en la que Marie Susie conozca por fin a su excéntrico y alocado Gato con Botas. :P