sábado, 21 de enero de 2012

Amar al lobo

Amar al lobo.
Un comienzo extraño, sin duda.
Ideal para viejos y conocidos sentimientos viejos que ahora reclaman nombre y orden.
Exigen reconocimiento. ¿Qué decir? 
Un romance imposible en una lista de pérfidos y patéticos amores comúnmente literarios. No me avergüenzo de esta pequeña debilidad, es más, encuentro fascinante la facilidad con la que soy capaz de emular ciertos sentimientos.
Y el lobo, el temido cánido, había sido y será mi más fiel amante. No importa el tiempo que pase, por mi queda demostrado que sólo le guardo fidelidad a él y que puedo compartir mi devoción, pero que la suya siempre será más profunda, latente y espiritual.

Recuerdo etapas de mi niñez en que lo único que amortiguaba las burlas y los sinsabores de la crueldad infantil era la promesa de un documental sobre dichas fascinantes criaturas. Y aunque el encuentro poco fortuito tras unas barras de acero me dejó una huella de dolor, yo siempre me refugié en ese halo de nobleza y salvaje ideal que había creado para mis fieles amigos. Los tratos agridulces de la adolescencia fueron menos cuando por las noches, de madrugada, noches como las de hoy, dibujaba hasta el amanecer utópicos mundos de nieve y ventisca o bien hacia sonar Lycanthia hasta quedar dormida. Hoy, como la niña que creo ser, me sigo refugiando entre el pardo pelaje y la mirada ámbar; cuando la vida me recuerda que no debo flaquear... yo los busco en mi mente para que me den fortaleza e integridad en ocasiones y consuelo en otras.

¿Por qué el lobo? Debe haber una explicación más sencilla que no consigo recordar, tan solo tengo una febril tesis sobre la imagen ideal que he montado con esmero para ellos durante todos estos años. Camaradería, fidelidad, nobleza... un instinto que va mas allá de las imágenes y el retorcido placer del salvajismo en su más pura esencia. Esa reputación malograda me embauca y sus formas recortadas contra la noche hacen que me de un vuelco el corazón cuando las aprecio por el rabillo del ojo en algún libro de ilustraciones. He pasado horas frente a un reproductor oyendo los aullidos, calmando la ansiedad del momento con ellos o regocijándome con sus carreras cuando sentía que yo también sería capaz de correr si me lo propusiese.

He jugado a ser uno de ellos, he escrito sobre sus viajes y esta noche, esta más que ninguna otra, debía ser la noche en que pusiese por escrito una sensación que llevaba acunándose en mi mente durante años.

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  3. Y el lobo elevó la mirada a la luna y entonó su cántico salvaje.

    Las sílabas de aquella letanía primordial galopaban a toda prisa en su pecho. Latían, con vida propia. Bullían por escapar de esa válvula de tendones y paredes ventriculares repleta de sangre en movimiento.

    Cuando bajó la cabeza, la miró, y en sus ojos grabados en azul opalescente se insinuó una gota de nostalgia.

    La lágrima cayó, densa y esférica como una luna, emitiendo destellos resplandecientes bajo la luz nítida y alba del astro gobernante. Allí, en la holladura que había dejado en el suelo, se reflejaba la imagen de un gran orbe cristalino cuajado de hoyuelos.

    La luna estaba en su fase plena y así su emoción despertaba tras un prolongado letargo. Hociqueó en ambas direcciones y olfateó, abriendo de par en par las ventanas de su nariz.

    Estaba perdido y la desazón comenzaba a embargar sus facciones. Sus ojos, nerviosos, recorrían el llano arbolado del monte oscuro, parándose en los detalles más coloridos del bosque: las flores que de noche se abrían, pincelando la estampa forestal con toques de azul y violeta, e inundando sus fosas nasales con el aroma silvestre de la promesa primaveral.

    Tras unos segundos de duda y de comedimiento, el lobo encontró su destino. Su trufa negra apuntaba al norte y su porte majestuoso se erguía, no más contrariado por el desamparo forzado del lejano satélite que lo observaba desde arriba: gélido y distante.

    Estaba solo, una vez más. Había perdido el rastro. El camino se le aparecía borroso y los olores contradictorios. Tenía claro adónde iba, pero no si llegaría, y tampoco si encontraría aquello que buscaba. Pero no le quedaba otro remedio.

    Espoleado por una urgencia primordial, por una preceptiva inscrita a fuego en su alma feral, el lobo de pelaje oscuro admitió la incertidumbre que descendía con un manto de estrellas sobre él.

    Y, bajo la atención del firmamento y de los cuerpos celestes, pronunció un renovado voto que ya no significaba pesar ni trémula desconfianza. Había fe. Había ardor en el rasguido de su ulular.

    Dejando que la placidez de la noche lo envolviera y que sus sentidos se recreasen en los placeres naturales de la fronda, el grandilocuente lobo echó a trotar.

    Ignoraba por qué derroteros le conduciría el camino, pero estaba dispuesto a descubrirlo. Tenía claro lo que perseguía, pero no sabía con certeza si jamás llegaría a hallarlo. Solo podía andar.

    Andar. Seguir adelante. Dejar que las noches pasasen, que el ciclo de la luna se completase y que trajese nuevas experiencias a su lomo curtido del color del azabache. Que esos grandes ojos azules se rebosasen con la maravilla que germinaba a su alrededor y disfrutasen del viaje.

    Porque no sabía cuándo llegaría a su meta, o si acaso esta cambiaría durante su vagabundeo. Pero sí sabía que su destino yacía frente a sus patas y no varado ahí, bebiendo de la quietud yerma y artificial de la complacencia.

    Y así nació la Odisea del Lobo: bajo un cielo salpicado de puntos rutilantes, un óvalo blanco de guía y un aullido de melancolía como juramento. Sus ojos, azules como las moras que decoraban las veredas del recorrido, vestían, no obstante, ahora un vestigio de esperanza.

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